TEXTOS DE PROSA BARROCA
LA PROSA DIDÁCTICA
LOS SUEÑOS: SUEÑO DE LA MUERTE de Francisco de Quevedo
Tres cosas
son las que hacen ridículos a los hombres: la primera, la nobleza; la segunda,
la honra; y la tercera, la valentía. Pues es cierto que os contentáis con que
hayan tenido vuestros padres virtud y nobleza para decir que la tenéis
vosotros; siendo inútil parte del mundo. Acierta a tener muchas letras el hijo
del labrador; es arzobispo el villano que se aplica a honestos estudios, y el
caballero que desciende de César y no gasta como él en guerras y victorias el tiempo
y vida, sino en juegos y rameras, dice que fue mal dada la mitra a quien no
desciende de buenos padres; como si hubieran ellos de gobernar el cargo que les
dan, quieren, ¡ved qué ciegos!, que les valga a ellos, viciosos; la virtud
ajena de trescientos mil años, ya casi olvidada; y no quieren que el pobre se
honre con la propia.
Carcomióse
el hidalgo de oír estas cosas, y el caballero que estaba a su lado se afligía,
pegando los abanillos del cuello y volviendo las cuchilladas de las calzas.
—Pues, ¿qué diré de la honra mundana, que más tiranías hace en el mundo y más daños y más gustos estorba? Muere de hambre un caballero pobre, no tiene con qué vestirse, ándase roto y remendado, o da en ladrón, y no lo pide, porque dice que tiene honra. ¡Oh, lo que gasta la honra! Y llegado a ver lo que es la honra mundana, no es nada. Por la honra no come el que tiene gana donde le sabría bien. Por la honra se muere la viuda entre dos paredes. Por la honra, sin saber qué es hombre ni qué es gusto se pasa la doncella treinta años casada consigo misma. Por la honra, la casada le quita a su deseo cuanto pide. Por la honra pasan los hombres el mar. Por la honra mata un hombre a otro. Por la honra gastan todos más de lo que tienen. Y es la honra mundana, según esto, una necedad del cuerpo y alma, pues al uno quita los gustos y al otro la gloria. Y porque veáis cuáles sois los hombres desgraciados y cuán a peligro tenéis lo que más estimáis, hase de advertir que las cosas de más valor en vosotros son la honra, la vida y la hacienda. La honra está junto al culo de las mujeres; la vida, en manos de los doctores; y la hacienda, en las plumas de los escribanos. ¡Desvaneceos, pues, bien, mortales!
LA HORA DE TODO Y LA FORTUNA CON SESO de QUEVEDO
Embistiéranse los dos si no los apartara el murmullo
de una manada de catedráticos, que venía retirándose de un escuadrón de
mujeres, que con las bocas abiertas los hundían a chillidos y los amagaban[1] a mordiscos. Una de
ellas, cuya hermosura era tan opulenta que se aumentaba con la disconformidad
de la ira, siendo afecto que en la suma fiereza de un león halla fealdad que
añadir, dijo:
—Tiranos, ¿por cuál razón [siendo las mujeres, de
las dos partes del género humano, la una, que constituye la mitad] habéis hecho
vosotros solos las leyes contra ellas, si su consentimiento, a vuestro
albedrío? Vosotros nos priváis de los estudios, por envidia de que os excederemos,
de las armas, por temor de que seréis vencimiento[2] de nuestro enojo los
que lo sois de nuestra risa. Os habéis constituido por árbitros de la paz y de
la guerra, y nosotras padecemos vuestros delirios. El adulterio en nosotras es
delito de muerte, y en vosotros, entretenimiento de la vida. Nos queréis buenas
para ser malos, honestas para ser distraídos […] Hoy es día en que se ha de
enmendar esto, o con darnos parte en los estudios y puesto de gobierno, o con
oírnos, y desagraviarnos de las leyes establecidas, instituyendo algunas en
nuestro favor, y derogando otras que nos son perjudiciales.
Un doctor, a quien la barba le chorreaba hasta los
tobillos, que las vio juntas y determinadas, fiado en su elocuencia, intentó
satisfacerlas con estas razones:
—Con grande temor me opongo a vosotras, viendo que la razón frecuentemente es vencida por la hermosura; que la retórica y dialéctica son rudas contra vuestra belleza. Decidme empero, ¿qué ley se os podrá fiar, si la primera mujer estrenó su ser quebrantando la de Dios? ¿Qué armas s pondrán con disculpa en vuestras manos, si con una manzana descalabrasteis toda la generación de Adán, sin que se escapasen los que estaba escondidos en las distancias de lo futuro? Decir que todas las leyes son contra vosotras, fuera verdad si dijérades que vosotros sois contra todas las leyes. ¿Qué poder se iguala a vuestro, pues si no juzgáis con las leyes estudiándolas, juzgáis a las leyes con los jueves, corrompiéndolas[3]? Si nosotros hicimos las leyes, vosotras las deshacéis. Si los jueves gobiernan el mundo — y las mujeres a los jueces—, las mujeres gobiernan y desgobiernan el mundo y desgobiernan a los que le gobiernan, porque puede más con mucho la mujer que aman, que el texto[4] que estudian. […] Si tenemos los cargos y los puestos, vosotros gastáis en galas y trajes. Un texto solo tenéis, que es vuestra lindeza; ¿cuándo le alegasteis que no os valiese? ¿quién le vio que no quedase convencido? Si nos cohechamos[5] es para cohecharos; si torcemos las leyes y la justicia, las más veces es porque seguimos la doctrina de vuestra belleza […] Vosotras, por infinitos, no podéis contar vuestros adulterios, y nosotros, por raros, no tenemos que contar de los degüellos, el escarmiento sigue a la pena; ¿dónde está este? Quejaros de que os guardemos es quejaros de que os estimemos: nadie guardó lo que desprecia. Según lo que he discurrido, de todo sois señoras, todo está sujeto a vosotras: gozáis la paz y ocasionáis la guerra. Si habéis de pedir lo que os falta a muchas, pedid moderación y seso:
— ¿Seso dijiste?
No lo hubo pronunciado, cuando todas juntas contra
el triste doctor en remolino de pellizcos y repelones[6] y con tal furia le
mesaron, que le dejaron lampiño de la pelambre graduada, que pudiera, por lo
lampiño, pasar por vieja en otra parte.
[1] amagaban: amenazaban
[2] vencimiento: víctimas
[3] En contraste con “juzgar utilizando la ley”, se acusa a las mujeres de juzgar con los jueves, es decir, utilizándolos o manipulándolos, y, por tanto, corrompiendo la ley.
[4] Texto: se utiliza aquí en el sentido de “texto de referencia”, es decir, el que se cita como argumento de autoridad.
—Venimos—
le dijeron— en busca de una reina que si por gran dicha nuestra la topamos, nos
han asegurado que con ella hallaremos cuanto bien se puede desear. Y aun decía
uno que todos los bienes le habían entrado a la par con ella.
—¿Cómo
decís que se nombra?
—Sí, que
bien nombrada es: la plausible Sofisbella[1].
—Ya sé quién
decís. Esa, en otro tiempo, bien estimada era en todo el mundo por su mucha
discreción y prendas; mas ya, por pobre, no hay quien haga caso ni casa Della;
en viéndola sin dote en oro y plata, muchos la tienen por necia y todos por
infeliz. Es cosa de cuento todo lo que no es de cuenta. Entended una cosa, que
no hay otro saber como el tener, y el que tiene es sabio, es galán, valiente,
noble, discreto y poderoso: es príncipe, es rey y será cuanto él quisiere.
Lástima me hacéis de veros tan hombres y tan poco personas.
[1] Personificación de la sabiduría.
EL CRITICÓN de BALTASAR GRACIAN
Creyeron vanamente algunos de los filósofos antiguos que los siete errantes astros se habían repartido las siete edades del hombre, para asistirle desde el quicio de la vida hasta el umbral de la muerte. Señalábanse a cada edad su planeta, por su orden y su puesto, avisando a todo moral se diese por entendido, ya del planeta que presidía, ya del traste de la vida en que andaba. Cúpole, decían, a la niñez la Luna con el nombre de Lucina, comunicándole con sus influencias sus imperfecciones, esto es, con la humedad la ternura, y con ella la facilidad y variedad, aquel mudarse a cada instante, ya llorando, ya riendo, sin saber de qué se enoja, sin saber con qué se aplaca, de cera a las impresiones, de masa a las aprensiones, pasando de las tinieblas de la ignorancia a los crepúsculos de la advertencia. Desde los diez años hasta los veinte, decían presidirle el planeta Mercurio, influyendo docilidades, con que se va adelantando ya muchacho, al paso de la edad, en la perfección comienza a estudiar y a aprender, cursa las escuelas, oye las facultades y va enriqueciendo el ánimo de noticias y de ciencias. Pero descárase Venus a los veinte y reina con grande tiranía hasta los treinta, haciendo cruda guerra a la juventud, a sangre que hierve y a fuego en que se abrasa, y todo esto con bizarra galantería. Amanece a los treinta años el Sol, esparciendo rayos de lucimientos, con que anhela ya el hombre a lucir y valer, emprender con calor los honrosos hémelos, las lucidas empresas cual sol de su casa, y de su patria todo lo ilustra, lo fecunda y lo sazona. Embístele Marte a los cuarenta infundiéndole valor con calor; revístese de aceros, muestra bríos, riñe; venga y pleitea. Entra a los cincuenta mandando Júpiter, influyendo sobreranías; ya el hombre es señor de sus acciones, habla con autoridad, obra con señorío, no lleva bien el ser gobernado de otros, antes lo querría mandar todo, toma por sí las resoluciones, ejecuta sus dictámenes, sábese gobernar; y a esta edad, como a tan señora, la coronaron por reina de las otras, llamándola el mejor tercio de la vida. A los sesenta anochece, que no amanece, el melancólico Saturno; con humor y horror de viejo, comunícale su triste condición, y como se va acabando, querría acabar con todos, vive enfadado y enfadando, gruñendo y riñendo, y a lo perro viejo royendo lo presente y lamiendo lo pasado, remiso en sus acciones, tímido en sus ejecuciones, lánguido en el hablar, tardo en el ejecutar, ineficaz en sus empresas, escaso en su trato, asqueroso en su porte, descuidado en su traje, destituido de sentido, falto de potencias, y a todas horas y de todas las cosas quejumbroso. Hasta los setenta es el vivir, y en los poderosos hasta los ochenta, que de ahí en adelante todo es trabajo y dolor, no vivir, sino morir. Acabados los diez años de Saturno, vuelve a presidir la Luna y vuelve a niñear y a monear el hombre decrépito y caduco, con que acaba el tiempo en círculo, mordiéndose la cola la serpiente; ingenioso jeroglífico de la rueda de la humana vida.
LA NOVELA PICARESCA BARROCA
GUZMÁN DE ALFARACHE de Mateo Alemán
Tenía mi padre un rosario entero de quince dieces, en que se enseñó a rezar — en lengua castellana hablo—; las cuentas gruesas más que avellanas. Este se lo dio mi madre, que lo heredó de la suya. Nunca se le caía de las manos. Cada mañana oía su misa, sentadas ambas rodillas en el suelo, juntas las manos, levantadas del pecho arriba, el sombrero encima de ellas. Arguyéronle maldicientes que estaba de aquella manera rezando para no oír; y el sombrero alto para no ver. Juzguen de este juicio los que se hallan desapasionados y digan si ha sido perverso y temerario, de gente desalmada y sin conciencia.
También es
verdad que esta murmuración tuvo su causa: y fue su principio que, habiéndose
alzado en Sevilla un su compañero y llevándole gran suma de dineros, venía en
su seguimiento tanto a remediar lo que pudiera del daño, como a componer otras
cosas. La nave fue saqueada y él, con los más que en ella venían, cautivo y
llevado a Argel, donde medroso y desesperado de cobrar la deuda por bien de
paz, como quien no dice nada, renegó.
Allí se
casó con una mora hermosa y principal, con buena hacienda. Que en materia de
interés —por lo general, de quien siempre voy tratando en perjuicio de mucho
número de nobles caballeros y gente grave y principales, que en todas partes
hay de todo— diré de paso lo que en algunos deudos conocí el tiempo que los
traté. Eran amigos de solicitar casas ajenas, olvidándose de las propias; que
se les tratase verdad y de no decirla; que se les pagase lo que se les debía y
no pagar lo que debían; ganar y gastar largo, diese donde diese, que ya estaba
rematada la prenda —y como dicen— a Roma por todo. Sucedió, pues, que,
asegurado el compañero de no haber quien le pidiese, acordó tomar medio con los
acreedores presentes, poniendo condiciones y plazos, con que pudo quedar de
allí en adelante rico y satisfechas las deudas.
Cuando esto
supo mi padre, nacióle nuevo deseo de venirse con secreto y diligencia; y para
engañar a la mora, le dijo que se quería ocupar en ciertos tratos de
mercancías. Vendió la hacienda y, puesta en cequíes — moneda de oro
berberisca—, con las más joyas que pudo, dejándola sola y pobre, se vino
huyendo. Y sin que algún amigo o enemigo lo supiera, reduciéndose a la fe de
Jesucristo, arrepentido y lloroso, delató de sí mismo, pidiendo misericordiosa
penitencia: la cual siéndole dada, después de cumplida pasó adelante a cobrar
su deuda. Esta fue la causa por que jamás le creyeron obra que hiciese buena.
Si otra les piden, dirán lo que muchas veces con impertinencia y sin propósito
me dijeron: que quien una vez ha sido malo, siempre se presume serlo en aquel
género de maldad.
EL BUSCÓN de FRANCISCO DE QUEVEDO
Yo, señor,
soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo;
Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero; aunque
eran tan altos sus pensamientos, que se corría[1] que le llamasen así,
diciendo que él era tundidor[2] de mejillas y sastre[3] de barbas. Dicen que
era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para creer.
Estuvo
casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de
San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era castellana vieja, aunque
ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar[4] que era descendiente
de la letanía. Tuvo muy buen parecer, y fue tan celebrada, que, en el tiempo
que ella vivió, casi todos los copleros de España hacían cosas sobre ella[5].
Padeció
grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban en
decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros[6]. Probósele que, a
todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua,
levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les
sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras[7]. Murió el angelico de unos
azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi padre, por ser tal que
robaba a todos las voluntades. Por estas y otras niñerías, estuvo preso;
aunque, según a mí me han dicho después, salió de la cárcel con tanta honra,
que le acompañaron docientos cardenales[8], sino que a ninguno
llamaban «señoría». Las damas diz que salían por verle a las ventanas, que
siempre pareció bien mi padre a pie y a caballo[9]. No lo digo por
vanagloria, que bien saben todos cuán ajeno soy della.
Mi madre, pues, no tuvo calamidades. Un día, alabándomela una vieja que me crió, decía que era tal su agrado, que hechizaba a cuantos la trataban. Sólo diz que se dijo no sé qué de un cabrón y volar, lo cual la puso cerca de que la diesen plumas[10] con que lo hiciese en público. Hubo fama que reedificaba doncellas[11], resucitaba cabellos encubriendo canas. Unos la llamaban zurcidora de gustos; otros, algebrista[12] de voluntades desconcertadas, y por mal nombre alcagüeta. Para unos era tercera, primera para otros, y flux[13] para los dineros de todos. Ver, pues, con la cara de risa que ella oía esto de todos, era para dar mil gracias a Dios.
No me
detendré en decir la penitencia[14] que hacía. Tenía su
aposento —donde sola ella entraba y algunas veces yo, que, como era chico,
podía— todo rodeado de calaveras, que ella decían eran para memorias de la
muerte, y otros, por vituperarla, que por voluntades de la vida. Su cama estaba
armada entre sogas de ahorcado, y decíame a mí: —“¿Qué piensas? Estas tengo por
reliquias, porque los más de estos se salvan.”
Hubo
grandes diferencias entre mis padres sobre a quien había de imitar en el
oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde chiquito,
nunca me apliqué a uno ni a otro.
[1] se avergonzaba
[2] tundidor: el que recorta o iguala con la tijera el pelo de los paños.
[3] sastre: en la lengua de germanía se llamaba así a los ladrones.
[4] esforzar: defender. Era habitual entre los conversos adoptar apellidos de santos; de ahí la burla de Quevedo.
[5] tiene doble sentido: “hacer cosas sobre ella”: los copleros la festejaban con coplas; “hacer cosas sobre ella”: hacían el amor con ella
[6] robaba.
[7] faltriqueras: bolsillos.
[8] cardenal: hematoma / dignidad eclesiástica.
[9] a caballo: tras ser azotados, los condenados eran expuestos a la vergüenza pública paseándolos por las calles con un asno.
[10] dar plumas: cubrían de brea y de plumas a los alcahuetes y hechiceros.
[11] reedificar doncellas: reconstruir el himen.
[12] algebrista: médico que recompone los huesos rotos o desencajados.
[13] flux: jugada máxima en el juego de la primera o quínola; primera se llamaba también a la dueña del prostíbulo, y primas a las prostitutas; observa la progresión entre tercera (alcahueta), primera (prostituta) y flux (la mejor para robar)
[14] penitencia: referencia a las penas impuestas por la Inquisición.
Comentarios
Publicar un comentario