Fragmentos de El Guzmán de Alfarache 

Fragmento 1
Era yo muchacho vicioso y regalado, criado en Sevilla sin castigo de padre, la madre viuda —como lo has oído—, cebado a torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada, mirado y adorado más que hijo de mercader de Toledo o tanto. Hacíaseme de mal dejar mi casa, deudos y amigos; demás que es dulce el amor de la patria. Siéndome forzoso, no pude excusarlo. Alentábame mucho el deseo de ver mundo, ir a reconocer en Italia mi noble parentela.
Salí, que no debiera, bien pude decir, tarde y con mal. Creyendo hallar copioso remedio, perdí el poco que tenía. Sucediome lo que al perro con la sombra de la carne. Apenas había salido de la puerta, cuando sin poderlo resistir dos Nilos reventaron mis ojos que, regándome el rostro en abundancia, quedó todo en lágrimas bañado. Esto y querer anochecer no me dejaban ver cielo ni palmo de tierra por donde iba. Cuando llegué a San Lázaro, que está de la ciudad poco distancia, senteme en la escalera o grada por donde suben a aquella devota ermita. 
Allí hice de nuevo alarde de mi vida y discursos de ella. Quisiera volver, por haber salido mal apercibido, con poco acuerdo y poco dinero para viaje tan largo: que aun para corto no llevaba. Y sobre tantas desdichas —que, cuando comienzan, vienen siempre muchas y enzarzadas unas de otras como cerezas— era viernes en la noche  y algo oscura; no había cenado ni merendado. […]
Este día, cansado de andar solas dos leguas pequeñas —que para mí eran las primeras que había caminado— , ya me pareció haber llegado a los antípodas y, como el famoso Colón, descubierto un mundo nuevo. Llegué a una venta sudado, polvoroso, despeado, triste y, sobre todo, el molino picado, el diente agudo y el estómago débil. Sería mediodía. Pedí de comer; dijeron que no había sino solo huevos. No tan malo si lo fueran: que a la bellaca de la ventera, con el mucho calor o que la zorra le matase la gallina, se quedaron empollados y por no perderlo todo los iba encajando con otros buenos.
Díjele que iba a la corte, que me diese de comer. Hízome sentar en un banquillo cojo y encima de un poyo me puso un barredero de horno, con un salero hecho de un suelo de cántaro, un tiesto de gallinas lleno de agua y una media hogaza más negra que los manteles. Luego me sacó en un plato una tortilla de huevos, que pudiera llamarse mejor emplasto de huevos. 
Ellos, el pan, jarro, agua, salero, sal, manteles y la huéspeda, todo era de lo mismo. Halleme bozal, el estómago apurado, las tripas de posta, que se daban unas con otras de vacías.
Comí, como el puerco la bellota, todo a hecho, aunque verdaderamente sentía crujir entre los dientes los tiernecillos huesos de los sin ventura pollos que era hacerme como cosquillas en las encías. […]
Y así proseguí mi camino, no con poco cuidado de saber qué pudiera ser aquel tañerme castañetas los huevos en la boca. Fui dando y tomando en esta imaginación y, cuando más la seguía, más géneros de desventura se me representaban y el estómago más se me alteraba; porque nunca sospeché cosa menos asquerosa, viéndolos tan mal guisados, el aceite negro, que parecía de suelos de candiles, la sartén puerca y la ventera legañosa.
Entre unas y otras imaginaciones encontré con la verdad y, teniendo andada otra legua, con solo aquel pensamiento, fue imposible resistirme. Porque, como a mujer preñada, me iban y venía erutaciones del estómago a la boca, hasta que de todo punto no me quedó cosa en el cuerpo. Y aun el día de hoy me parece que siento los pobrecitos pollos piándome acá dentro. Así estaba sentado en la falda del vallado de unas viñas, considerando mis infortunios, harto arrepentido de mi mal considerada partida, que siempre los mozos se despeñan tras el gusto presente, sin respetar ni mirar el daño venidero.

Fragmento 2
Tenía mi padre un rosario entero de quince dieces, en que se enseñó a rezar — en lengua castellana hablo—; las cuentas gruesas más que avellanas. Este se lo dio mi madre, que lo heredó de la suya. Nunca se le caía de las manos. Cada mañana oía su misa, sentadas ambas rodillas en el suelo, juntas las manos, levantadas del pecho arriba, el sombrero encima de ellas. Arguyéronle maldicientes que estaba de aquella manera rezando para no oír; y el sombrero alto para no ver. Juzguen de este juicio los que se hallan desapasionados y digan si ha sido perverso y temerario, de gente desalmada y sin conciencia.
También es verdad que esta murmuración tuvo su causa: y fue su principio que, habiéndose alzado en Sevilla un su compañero y llevándole gran suma de dineros, venía en su seguimiento tanto a remediar lo que pudiera del daño, como a componer otras cosas. La nave fue saqueada y él, con los más que en ella venían, cautivo y llevado a Argel, donde medroso y desesperado de cobrar la deuda por bien de paz, como quien no dice nada, renegó.




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